Egoísmo

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Por: Kevin Madrigal Hernández
Colaborador
Uno de los grandes problemas que tienen las personas, al tratarse con una ideología cuyo único pilar se puede resumir como libertad pura, es la idea del egoísmo. Les puede parecer fácil entender que se tiene la libertad de buscar prosperidad propia sin ningún tipo de coerción, pero al llamar esto “egoísmo”, toman un paso atrás. El problema acá es que esta palabra es exactamente la indicada, y no hay razón de que asustarse.
Desde que somos pequeños, tanto nuestros padres, nuestras autoridades religiosas, y hasta la misma sociedad, nos han inculcado la idea de que ser egoísta es “malo”, “no es de Dios”, y básicamente que actuar de esta manera merece un castigo, o al menos el reproche y desaprobación de los que nos rodean. Crecemos así, con miedo de buscar el interés propio, de buscar posicionarnos en situaciones ventajosas donde otros no salgan tan beneficiados y, quizás lo más peligroso, crecemos con la idea de que la necesidad de unos crea un derecho de propiedad y servicios sobre esos que no la “sufren”. El indigente que vive bajo un puente, el drogadicto que ha arruinado su vida por su adicción, y hasta la anciana que pide limosna a cambio de retribución divina, todos ellos poseen cierto control sobre nosotros, bajo lo que algunos llamarían “deber moral”; independientemente de si queremos o no, es nuestra “obligación” como sociedad ayudarles, bajo el único argumento de que ellos, debido a razones en este caso irrelevantes, resultan tener una necesidad. Si no lo hacemos, se nos acusa de falta de moral.
Antes de encontrar el error en esta idea tan peligrosa, hace falta aclarar unos conceptos. Primero, toda acción humana ocurre debido al interés propio de la persona que la ejerce. Detrás de todo impulso para actuar, se esconde una motivación que incentiva esa acción; sin motivación, no habría razón por la cual cometer dicha acción en primer lugar. ¿Cómo se explica, entonces, que en dado momento una persona quiera poner el interés de otro sobre el interés propio, y actuar sobre ello? Muy fácil, para ello hay que entender el concepto de valor subjetivo. Éste nos dice que toda acción u objeto tiene un valor diferente para cada persona. Así como yo valoro más una taza de café a lo que valoro los 500 colones que ando en mi bolsillo, el dueño de X negocio valora más mis 500 colones a lo que valora una taza de café que pueda ofrecerme. Es por esto, en una sociedad libre por supuesto, que ocurren los intercambios de bienes o servicios, que se me permite disfrutar dicha taza de café. Esto puede parecer muy obvio, pero entender sus implicaciones es necesario para comprender por qué todo acto que se considere “no egoísta” inevitablemente es motivado por interés propio.
Dejando la economía de lado, todo tiene un valor subjetivo. Usemos el muy buen ejemplo de una obra de caridad, socialmente considerado el opuesto directo del egoísmo. Una persona, por pura bondad, decide ofrecer algún bien o servicio (para facilitar el ejemplo, asumamos que es dinero) sin recibir nada a cambio… ¿o sí? Pues está recibiendo el cálido sentimiento de haber ayudado a otra persona (o un incremento en su reputación), cuyo valor subjetivo es mayor al valor que esta persona le da al dinero que ha ofrecido. Simplemente porque el intercambio de bienes no haya sido en su totalidad tangible, no quiere decir que ambas partes no salieron beneficiadas, que no actuaron bajo su interés propio. La necesidad, en este caso, queda fuera de la ecuación. Lo podríamos ejemplificar aún más de la siguiente manera: dos personas necesitan de igual manera la misma cantidad de dinero, una nos agrada y la otra no. Suponiendo que tenemos el dinero suficiente para ayudar a ambas, lo más probable es que sólo ayudemos a la primera, ya que el sentimiento u orgullo que nos brinde ayudarla supera en valor subjetivo a la cantidad de dinero que necesite. En el otro caso, no vamos a brindar ayuda porque preferimos el dinero sobre el poco o nulo sentimiento que se origine al ayudar a una persona que no nos agrade. Y si en realidad sí lo ayudamos, es porque valoramos el orgullo que sentimos al ayudar aún a los que no nos agradan. Puede parecer complicado, pero en realidad es muy simple: el interés o beneficio propio rige todas nuestras acciones, por ende todo lo que hacemos es egoísta.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la sociedad se salta un paso y declara que toda ayuda al prójimo es una obligación moral? Primero, debemos entender que “obligación moral” es un oxímoron. En una sociedad verdaderamente libre, la única obligación que tienen sus individuos es respetar la libertad de los otros individuos, y asumir la responsabilidad de su propia libertad. Todo lo demás que se llame por este nombre, podría de igual manera llamarse coerción. También cabe afirmar que si la libertad conlleva responsabilidad, entonces la falta de libertad remueve esta responsabilidad. Si soy obligado a cometer un delito (no tengo la libertad de decidir), las consecuencias no son mi responsabilidad. Asimismo, si soy obligado a regalar mi dinero a alguien necesitado, tampoco debo recibir el crédito por esa acción, fue un simple acato de órdenes. Esto le quita todo indicio moral a lo que llamamos “obligación moral”. Ahora, en una sociedad donde toda moralidad se percibe como obligatoria, se impide el desarrollo de una verdadera moralidad. No se nos permite ver que en toda ayuda que podamos ofrecer voluntariamente, es válido e incluso inevitable beneficiarnos de alguna manera. Esto es una verdadera moralidad. No entendemos que, por más irónico que parezca, sólo a través del egoísmo podemos alcanzar una verdadera solidaridad social.
Lejos de culpar al “egoísta” de hoy en día, hay que respetarlo por ejercer su libertad y no sucumbir ante supuestas obligaciones. Podemos ayudar al indigente, pero sólo de manera voluntaria, sólo si encontramos valor moral o espiritual al hacerlo, sólo si nosotros también salimos beneficiados. Y sólo así, en una sociedad con un respeto hacia la libertad, vamos a entender que todos somos egoístas.

(enviado como contribución al Instituto AMAGI)

Comments
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    Excelente artículo sobre un tema tabú en la educación costarricense. Su ausencia en el debate académico es la causa de tanta doble moral en la actitud de muchos, que basados en su envidia, prejuicio o resentimiento social, exigen a otros obligaciones que ellos mismos no están dispuestos a cumplir. Que los ricos paguen como ricos, es la frase favorita de los socialistas estatistas, pero a mí que me dejen tranquilo. No hay Estado ni sociedad solidaria, hay personas solidarias. La solidaridad es un sentimiento humano y por lo tanto una institución no puede ser solidaria. Este es un valor humano que además, es espontáneo y voluntario. NO se puede ser solidario por mandato de una ley o por obligación moral, porque pierde la esencia y la pureza de su intención como valor humano. El egoísmo debemos interpretarlo como un acto de autoprotección de la libertad y los derechos individuales, no como un acto de avaricia, soberbia u obstentación material. Cada cual tiene la libertad y el derecho de decidir, elegir y actuar sin que nadie ni nada trate de imponerle su voluntad y menos utilizando la fuerza o el poder. La actitud de muchos costarricenses delata más bien un egoísmo negativo porque creen que pueden lograr lo que se propongan invadiendo la libertad e irrespetando los derechos de los demás. El egoísmo que cultiva por ejemplo la política fiscal del socialismo estatal costarricense se fundamenta en hacer creer a los pobres que su situación es culpa de las personas con mayores ingresos y por tal razón, lo que debe hacer el Estado es confiscar parte del fruto del trabajo y el esfuerzo propio de las personas. En ese mismo sentido pretenden hacer creer a los que, por medio de una actividad productiva o del ejercicio de una profesión o trabajo, han logrado un nivel de prosperidad óptimo, que no tienen derecho a disfrutarlo -y que sería inmoral hacerlo- mientras existan personas viviendo en situación de pobreza y por lo tanto, hay que pagar tantos impuestos como el Estado exija, más, como un acto para alivianar la conciencia que, como un acto de convicción. Cada persona debe tomar su vida bajo su propia responsabilidad. Cada cual debe aprovechar las oportunidades disponibles para ayudarse a salir adelante. La pobreza es una situación de escacez que puede superarse si la persona decide superarse como tal, si decide trabajar para mejorar gradualmente sus ingresos. El Estado ni los demás somos responsables de tal decisión. Sí debemos ser responsables de las personas que no pueden valerse por sí mismas o que viviendo en tal situación de miseria, son incapces de valorar su propia libertad y responsabilidad, en este caso, la ayuda se puede ofrecer para que la persona se autoayude, no con un carácter asistencialista o pretendiendo sustituir la responsabilidad de la persona. Aún en estos casos, las personas y no el Gobierno, pueden y deben organizarse para administrar los recursos destinados a ayudar a quienes lo necesiten para salir adelante y convertirse en personas útiles.
    En fin, las nuevas generaciones son las llamadas a romper estos mitos y tabúes que limitan la libertad de las personas y las convierten, sin necesidad, en súbditos del poder político y del Estado autoritario.

    Mario Brenes.

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