El liberalismo y el gobierno de Carlos Menem

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Si bien los resultados de las políticas económicas y sus consecuencias están directamente relacionadas con la crisis de 2001, en la realidad tanto el plan económico menemista como sus consecuencias nada tuvieron que ver con los postulados del liberalismo de estado reducido y economía abierta. Más bien fueron el colapso de un estado endeudado de alto gasto público y corporativismo empresarial.

Por Marcelo A. Duclos


Contexto:

El proceso de privatizaciones que tuvo lugar en la república Argentina durante la década del noventa no puede ser considerado como un fenómeno aislado en particular. No solamente ocurrió en los años del “Consenso de Washington” en sintonía con otras políticas económicas de índole privatista o aperturista en el mundo, sino que coincidió con el colapso total de los servicios públicos en manos del estado. Es decir, se trató por sobre todas las cosas de una situación de fuerza mayor. Definitivamente no por convicción ideológica, oportunismo político o cambio de mentalidad peronista.
La situación que afrontaba el país hacia el final de la década del ochenta era dramática: El primer presidente de la nueva democracia, Raúl Alfonsín, entregó el mandato de manera anticipada con un proceso de hiperinflación donde los precios eran remarcados a diario. El país afrontaba también un colapso total del sistema energético, racionalización de electricidad y un déficit insostenible en todas las empresas de servicios públicos en manos del estado. El valor de una casa con teléfono era muy superior al resto y se anunciaba especialmente en los avisos publicitarios. Un dicho por aquellos días era que se vendía “teléfono con casa” en lugar de casa con teléfono. Las miserias que cobraban los jubilados ya era una realidad tristemente aceptada por los argentinos que sabían que no podían abandonar a sus mayores con lo que recibían de los fondos de pensión administrados por el estado.
Con esta situación de colapso estatista, las fuerzas mejor perfiladas para las elecciones de 1989 eran:
-La Unión de Centro Democrático (Ucedé) partido conservador, pero económicamente de orientación liberal. Su líder, Álvaro Alsogaray, venía manifestando hace décadas la necesidad de una economía libre. Consiguió el tercer puesto con un 6,87% (1.150.603 votos).
-La Unión Cívica Radical (UCR), que era el partido oficialista, decidió como estrategia de campaña (dada la situación adversa del presidente Alfonsín) despegar a su candidato, Eduardo Angeloz, del gobierno en ejercicio. El postulante radical usó como campaña un anotador y un lápiz rojo, repitiendo que venía a “achicar el gasto”. O sea, su propuesta era hacer lo que no había hecho el presidente de su mismo partido: reducir el estado. Consiguió el segundo puesto: 32,24% (5.433.569 votos).
-El Justicialismo (PJ -Peronismo). Cabe destacar que la candidatura de Carlos Menem fue toda una sorpresa. El favorito a competir por el peronismo era el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero. Menem, gobernador de La Rioja, se animó a la interna contra el poderoso bonaerense y recorriendo todo el país, pueblo por pueblo, desde 1986 dio la sorpresa al imponerse en la interna partidaria. Cabe destacar que, a todo esto, el candidato justicialista no sólo no tenía un plan de gobierno, sino que evitó todo tipo de propuesta en la campaña. La televisión repetía un spot con un chico silbando la marcha peronista con el lema “Vuelve la alegría” y el slogan con el que empapeló el país solamente resaltaba: “Síganme que no los voy a defraudar”. ¿Qué iba a hacer? Era un misterio…Inclusive se dio el lujo de faltar al debate televisivo con Angeloz, respaldado por la ventaja en las encuestas. Ganó las elecciones el 14 de mayo de 1989 con el 47,49% (7.953.301 votos). Fue el primer mandatario justicialista electo luego de la muerte de Perón.
El menemismo ¿Liberalismo o populismo?
Argentina desde 1853 hasta mediados de la década del 10, bajo la Constitución liberal de Juan Bautista Alberdi, consiguió ser el país más desarrollado de la región, convirtiéndose de un desierto fraticida a una incipiente potencia que atrajo a millones de inmigrantes de todo el mundo en búsqueda de un futuro promisorio, sólo con las simples certezas de que podrían adueñarse del fruto de su trabajo y profesar libremente su fe. Así nació el crisol de razas que caracteriza las ciudades más importantes del país.
Hacia principios del Siglo XX, en sintonía con el mundo y las políticas estatistas y luego fascistas, llegaron las primeras empresas del estado como Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el Banco Central, la estatización de los recursos naturales y el primer golpe militar de 1930 que interrumpió el primer proceso democrático.
Hasta ese momento el estado, si bien se encontraba en avance constante, convivía con la iniciativa privada, hasta que en 1946 el primer gobierno de Perón llevó el estado hasta las empresas que hasta ese momento trabajaban con algo de libertad.
45 años más tarde el fracaso de las empresas del estado era evidente:
-Aerolíneas Argentinas (estatización y unificación de empresas privadas en una aerolínea estatal monopólica durante el gobierno de Perón) perdía millones todos los días y el servicio era caro, caótico y con vuelos demorados y suspendidos constantemente.
– La racionalización de la energía eléctrica administrada por el estado hacía que la gente se levante a la madrugada para lavar y planchar la ropa en horarios extravagantes. Otra postal de la época eran las reuniones en las casas de amigos y familiares para ver los programas televisivos, ya que los horarios de corte eran programados y por zonas. Al menos el fracaso del estado regulando la energía había colaborado con la vida social de las personas que se juntaban por necesidad enfrente de un televisor.
-Conseguir un teléfono era una odisea que tardaba literalmente años. Para localizar a alguien había que llamar al vecino con teléfono, ya que los privilegiados con una línea
eran pocos. La empresa estatal telefónica ENTEL tenía su propia “policía” con la que hacía sorpresivas requisas en las propiedades de la gente buscando infractores que cuenten con dos aparatos para ser incautados. Típico en las empresas del estado… si bien la mayoría de la gente no tenía teléfono, los afortunados que sí, por medio del soborno conseguían que un empleado público les facilitara un aparato extra para ser instalado ilegalmente. Mientras se le cerraba la puerta al mercado, los privilegios para unos pocos y la corrupción eran moneda corriente en un festín de gasto público totalmente inmoral e ineficiente.
Como si fuera poco la hiperinflación iniciada por la emisión monetaria para financiar el gasto público, que entre otras cosas, se dedicaba a mantener todo el aparato estatal improductivo, estaba fuera de control. Un dato de la época es el relato de las celebridades televisivas, cinematográficas y de la música en Argentina que tuvieron sus años de esplendor por esos días: Ninguno consiguió amasar grandes cantidades de dinero, ya que sus ingresos se dilapidaban antes de cobrarlos. Lógicamente la clase media se encontraba imposibilitada de cualquier tipo de ahorro y muchos argentinos tenían dificultades de llegar a fin de mes. Virus, uno de los grupos de música top de los ochenta, hablaba del problema monetario hasta en sus canciones: “Cuando la noche nos estafa, las caricias sufren inflación”, cantaba Federico Moura Polvos de una relación, del disco Superficies de Placer (1987). Toda una postal argentina.
El cambio de rumbo, como vimos, era obligatorio, una necesidad. El país era estatal y había colapsado. La salida podía ser “liberal”, por medio de la desregulación de los sectores en manos del estado abriendo paso al mercado y a la libre competencia reduciendo el gasto público y bajando los impuestos o “corporativista”, cambiando monopolios estatales por privados evitando reformas de fondo. Se hizo algo peor: se les dieron los monopolios a las empresas privadas, se subieron todos los impuestos, se incrementó el gasto público y se disparó la deuda externa luego de que los mercados financieros internacionales se abrieran al país luego de sus políticas “privatistas”.
Algunos de los aspectos hoy polémicos del gobierno de Menem fueron:
-Privatización de las empresas públicas
-Política monetaria denominada como el “1 a 1”
– Cierta apertura comercial e ingreso de importaciones, hasta el momento fuertemente restringidas
Estas medidas, hoy denostadas por gran parte de la opinión pública, tanto en Argentina como en muchos lugares del mundo, han sido calificadas como el “neoliberalismo”. La crisis de 2001 fue el resultado de estas “teorías” para la mayoría de los analistas políticos y economistas que consiguieron, en gran medida, convertir al ideario liberal en una mala palabra para mucha gente.
Privatizaciones:

Con la opinión pública a favor luego del colapso de las empresas estatales y con un discurso de mercado –el Presidente repetía públicamente “nada que pueda ser atendido por privados quedará en manos del Estado- llegaron las ventas de los activos en manos del gobierno.
Si bien algunos servicios públicos como el abastecimiento de agua, gas o electricidad, por sus características de distribución son más complejos para una competencia en el mercado en la búsqueda del cliente (en la actualidad cada vez menos), todas las empresas como la telefónica y la de aeronavegación comercial, fueron entregadas a empresas privadas en calidad de monopolios, sin apertura a la competencia ni posibilidades de desregulación. Con esta misma lógica se “privatizaron” parte de los fondos de pensión bajo el nombre de las AFJP, donde el estado también aparecía como regulador total del nuevo esquema, obligando a las empresas financieras a comprar bonos del estado y convirtiéndolas en muchos aspectos en socias en perjuicio de los clientes cautivos que podían cambiar “libremente” entre empresas sujetas a las mismas arbitrariedades gubernamentales. Jamás se planteó la posibilidad de un esquema libre o voluntario por parte del aportante ni la apertura del sector.
La dicotomía impuesta fue de la de Estatismo vs. Privatizaciones y dado el colapso del primer modelo, gran parte de la opinión pública no dudó en abrazarse sin reparos al segundo.
Las pocas voces de destacados teóricos como Marín Krause o Alberto Benegas Lynch (h) que advertían que las reformas no eran las adecuadas si no se sometían las empresas a competencia y desregulación, eran acalladas por la alegría de millones de personas, que por ejemplo, tenían un teléfono por primera vez en sus vidas. Todo dentro de una retórica oficialista supuestamente “pro mercado”.
Las empresas privilegiadas sin incentivos con el tiempo fueron descuidando a los clientes cautivos, para que años más tarde gran parte de la opinión pública considere que lo que falló fue el sector privado, (el capitalismo, el lucro, las empresas) y que había que volver al estado (el bien común). Lógicamente el peronismo estaba ahí para renovarse y reinventarse impunemente con un discurso estatista, digno del Perón de hace cincuenta años.
Política monetaria y endeudamiento externo:
La antesala del 1 a 1, es decir, un peso = un dólar se dio en el marco del Plan Bonex. Esta medida confiscó los ahorros de los particulares en los bancos a plazo fijo y fueron reemplazados forzosamente por bonos del estado. Es increíble que esta aberración, por sobre todas las cosas antiliberal por definición, violatoria del derecho de propiedad no sea hoy denunciada por los “anti noventistas”. Probablemente esto sea porque la herramienta de la confiscación sigue siendo utilizada hoy en día por ellos, como por ejemplo en la reciente estatización forzada de los fondos de pensión. Una vez allanado el terreno se implementó la “Ley de Convertibilidad”.
Cuando el Ministro de Economía Domingo Cavallo decretó que un peso valía un dólar lo primero que hizo fue decirle al mercado (si se le pudiera decir algo, ya que es la suma de todas nuestras decisiones) que lo pensaba ignorar. El valor de la moneda estaría establecido por ley sin importar las elecciones de los tenedores de los pesos convertibles. Claro que una medida dirigista de estas características sólo puede adoptarse mientras se tengan suficientes dólares disponibles para sostenerla.
Con la emisión monetaria frenada, ya que se necesitaba un dólar de respaldo a cada peso emitido, desapareció la inflación, demostrándole una vez más a la historia cual es el causante del problema, que tiene tantos años como tiene la historia de los gobiernos apropiándose de la moneda.
Lamentablemente, típico del populismo peronista, a pesar de ya no tener que mantener las empresas del estado, el gobierno aumentó todos los impuestos y se endeudó en el exterior año tras año hasta la crisis ya en 2001, ya en el gobierno de Fernando de la Rúa, cuando los organismos internacionales dejaron de prestar dinero “al país”.
La experiencia de la década del noventa muestra lo nefasto, anti liberal e incompatible con la democracia de los organismos de crédito internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Estas entidades de crédito ofrecen liquidez a gobernantes poco dispuestos a achicar el gasto con los peores incentivos ya que otros gobernantes y nuevas generaciones de contribuyentes serán los que paguen la cuenta.
Un país de políticas económicas liberales no debería tener relación alguna con estos organismos, que más allá de sus intenciones o postulados, financian al populismo alrededor del mundo a costa de los ciudadanos que pagan impuestos y la deuda que no contrajeron.
Al igual que la gente común, los gobiernos si tienen gastos que superan sus ingresos deben recortarlos sin estrategias que signifiquen directa o indirectamente un robo para sus contribuyentes.
Hacia final del gobierno de Carlos Menem el pasivo del país con el exterior se incrementó un 123%, pasando de 65.300 millones de dólares a 146.219 millones de dólares.
Apertura comercial y sus consecuencias:
Consideraciones generales

Si hablamos de “apertura” de un sector o un país determinado, partimos de la lógica premisa que el ciclo previo fue cerrado o “proteccionista”. Sin la distorsión del cierre comercial, ya sea por impuestos, aranceles, cupos o subsidios a productores locales, sería imposible imaginar que un producto de un país se fabrique a un costo más alto que en otro lugar. Y si ese producto local está en condiciones de competir en el extranjero, lógicamente la “protección” gubernamental no tendría motivo.
El problema, como lo fue en Argentina y en todo el mundo cerrado a las importaciones, es que la apertura comercial indefectiblemente llegará de la mano de un incremento en la tasa de desempleo. Ante esa realidad inevitable las opciones a tener en cuenta sólo oscilan entre “malas” y “menos malas”, pero no hay salida ilesa del proteccionismo comercial.
Para entender el “big picture” del proceso que termina con muchos nuevos desempleados a la hora de enfrentar la apertura debemos ir al momento donde se crea el ciclo, donde se produce la distorsión.
Supongamos que en un país determinado, por el lobby de los empresarios textiles se consigue “proteger” a la industria local de camisas. Los perjudicados por esta medida no son un grupo de presión importante o siquiera unificado, ya que el exportador se encuentra en otro país abasteciendo otros mercados y los consumidores están diseminados en toda la población, por lo que la noticia de que tendrán que gastar un poco más en este producto no es de mayor trascendencia o inclusive puede que ni se enteren de la novedad. Ésta con suerte ocupa un pequeño espacio en las noticias y probablemente esté enunciada como una medida positiva a favor del empleo y los intereses nacionales. Ese es el momento donde el mercado local recibe la información de que la camisa que llegaba, por ejemplo a 10, y que no se fabricaba porque el costo en el país representaba 12, ahora llega al país – producto de la intervención- a 14, por lo que varios empresarios son incentivados artificialmente y pasan a dedicarse a la producción de camisas. El tiempo corre y el mercado asigna recursos, materias primas, maquinaria, crea empleo y miles de familias pasan a depender de la industria nacional de camisas. Cuando llega el momento de evaluar la apertura, el costo político es destruir este sector, que si bien es artificial, está formado por gente real que depende de sus fuentes laborales para ganarse el sustento.
Argentina, durante las décadas del 70 y 90 atravesó por procesos de estas características y para la opinión pública el análisis económico no tiene importancia: la apertura genera desempleo. Hoy nuevamente el estatismo es el caldo de cultivo para futuros conflictos a la hora que el país decida abrirse al mundo. Hoy, como probablemente como nunca antes, el panorama es más peligroso ya que a la economía cerrada se le agregan los subsidios y “planes familiares” a millones de personas que dependen directamente del estado.
Ante esta circunstancia, como vimos, no hay salida “limpia”:
-O se acepta que, en pos de mantener esas fuentes laborales “artificiales”, el país será más pobre ya que los ciudadanos deberán trabajar más para satisfacer sus necesidades, que serán también seguramente de menor calidad (en ese caso el trabajo pasa a ser un medio en lugar de lo que realmente es: un fin para satisfacer necesidades)
-O se paga el costo político de la medida
-O los contribuyentes por medio del estado pagan a sus compatriotas altos fondos de desempleo (incrementando los impuestos y reduciendo el mercado, creando un círculo vicioso)
-O se genera como en Chile un plan de reducción de aranceles en el tiempo para que las empresas se adecuen a las necesidades del mercado (difícil de coincidir con los plazos cortos de la democracia y los intereses políticos)
Ante esta realidad lo importante es actuar en el momento inicial del ciclo para que no se genere la distorsión que a la larga indefectiblemente traerá un problema político y económico a cualquier país.
Conclusiones políticas para partidos liberales de la experiencia argentina
Para un partido de fuerte identidad ideológica, si bien es viable acceder a cargos legislativos y ejecutivos locales, es difícil llegar a gobernar los destinos de un país por si sólo, ya que la mayoría de los electores no defienden una ideología en particular.
Ante esta realidad las opciones son perder la identidad en la búsqueda del poder o mantenerla formando parte de una alianza afín de mayores dimensiones, desde donde se pueda ejercer influencia desde la solidez de las ideas.
En nuestro país el Ingeniero Álvaro Alsogaray dilapidó la coherencia de toda una vida en la defensa de la economía de libre mercado al creer que Argentina se había encaminado finalmente en el rumbo de la prosperidad. Hoy a seis años de su muerte, el partido que fundó y con el que llegó a ser la tercera fuerza nacional desapareció totalmente.
Él sabía que lo que las medidas llevadas a cabo durante el período en cuestión no eran las adecuadas, pero especuló que sería un primer paso hacia la apertura económica. Se equivocó. Bastó una bonanza económica de la mano del ingreso de China e India en el mercado internacional en búsqueda de alimentos para que la soja argentina brinde al gobierno recursos extraordinarios reinventando la aventura estatista y populista.
Como destacó Karl Popper, no existen los procesos históricos que prevean resultados determinados inevitables y cualquier conjetura, por más consistente que parezca puede ser refutada. Un proceso de apertura tiene ser acompañado por una reforma del estado para que desde lo institucional se prevean fuertes contrapoderes y un escenario político-económico-fiscal federal. Si Argentina hubiera llevado a cabo una reforma del estado en su momento hoy el boom de la soja, en lugar de abastecer las arcas del gobierno nacional para sus delirios dirigistas, hubiera enriquecido las provincias productoras y ningún gobierno central hubiera tenido las herramientas para devolver al país al estatismo y al atraso.
En lo que respecta a los partidos políticos, si una fuerza liberal se encuentra compartiendo una alianza estratégica en el ejercicio del poder con una fuerza mayoritaria tradicional, hay que tener en claro que el acercamiento de un partido masivo al liberalismo será circunstancial. En este sentido deberán ser parte de las prioridades las reformas del estado pensando en los años venideros (descentralización, federalismo,
reducción de la discrecionalidad monetaria, fortalecimiento de la independencia de poderes, reducción de la estructura estatal, acuerdos de libre comercio, etc). Otro aspecto importante es la relación del partido con la sociedad. Si una alianza gobernante, la cual podría estar integrada por una fuerza liberal, pierde el rumbo es preferible abandonar el poder a dilapidar la credibilidad de la identidad y el capital político conseguido. Un partido populista puede reinventarse constantemente ya que siempre tendrá un chivo expiatorio para ofrecer en sacrificio, pero una fuerza identificada con una coherencia ideológica difícilmente tenga una segunda oportunidad ante toda una sociedad poco interesada en el análisis económico y la filosofía política.
Buenos Aires, Septiembre 2011

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