El nuevo Estadio Nacional y los valores políticos nacionales

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Por Mario Brenes
Analista Político

Quienes defendemos y promulgamos el valor de la libertad y el respeto de los derechos y la dignidad de las personas, no podemos dejar pasar inadvertido la paradoja en la cual se apoyan las columnas que sostienen el nuevo Estadio Nacional. Lo cortés no quita lo valiente, dice un sabio refrán popular y por lo tanto, tenemos que agradecer el regalo que nos ha hecho el Gobierno y el pueblo de la República de China, principalmente, tenemos que agradecer a los casi 700 obreros chinos que trabajaron incansablemente demostrándonos cómo se hacen las cosas, para darnos puntualmente la dicha de inaugurar una obra como estas, que tanta falta nos hace para recuperar un poquito el orgullo de ser costarricenses. Digo un poquito porque al igual que la mayoría, pienso que sería mejor que esta magna obra se hubiera hecho con base en el ahorro, el esfuerzo y la mano de obra nacional, pero, el desorden fiscal, el despilfarro y la apatía que caracteriza la gestión pública costarricense no hace posible este tipo de metas.

Decía al principio de este comentario, que los liberales no podemos dejar pasar esta ocasión, de circo y fiesta nacional, sin crear en la conciencia de cada uno de nosotros un espacio para recordar y reflexionar, que estamos recibiendo este regalo de 100 millones de dólares de un país gobernado por un solo partido político y un régimen que impide la existencia de una democracia basada en la libertad y el estado de derecho. El pueblo Chino no se rige por una Constitución que consagre las libertades y los derechos individuales, la propiedad privada ni la institucionalidad y el estado de derecho necesario para garantizar la seguridad jurídica de los ciudadanos y protegerlos frente a los abusos del poder. El poder del Gobierno es ilimitado y trasciende los derechos de las personas. No se respetan los derechos de las minorías, ni la libertad de expresión ni de reunión ni de organización.

Muchas veces pensamos en el Gobierno como un orden institucional que funciona para lograr y asegurar los mejores resultados según el axioma “la máxima felicidad para el mayor número posible”. Esta visión, no intuye que el protagonista o el responsable de la felicidad de cada cual deba ser el Estado, de hecho esa responsabilidad es de cada persona, pero puede hacernos caer en la tentación de afirmarlo así, que el Estado es y debe ser el artífice del bienestar general.

En vez de que la conceptualización del Gobierno se oriente hacia eliminación o modificación de los obstáculos para que las personas construyan su propia felicidad y alcancen las metas de prosperidad de acuerdo al desarrollo de todas sus posibilidades, podría, como sucede en la actualidad, desviarse hacia la liberación del poder de sus ataduras, para conceder a los gobernantes la justificación utilitaria para aumentar sus atribuciones, para diseñar y ejecutar programas de ingeniería social tanto global como fragmentaria. Es decir, muchos de los Gobernantes contemporáneos se han autoproclamado planificadores y artífices de la prosperidad y la felicidad de todos nosotros, abriendo un portillo hacia una ampliación ilimitada de las facultades estatales y, por ende, a una reducción del dominio privado e íntimo del individuo. Basta apelar a la voluntad, al interés o al bienestar de la mayoría para restringir y/o violar los derechos individuales, incluso ajustar a la medida de sus intereses personales la utilidad y los alcances de la democracia. Esta cultura centralista del poder ilimitado es la que impera en la República China.

De ahí la razón por la cual el liberalismo ha instituido un principio fundamental, ningún hombre o grupo de hombres puede lesionar la vida, la libertad o la propiedad de los demás, incluso el Estado. De esa declaración se deriva la libertad del individuo para actuar sin coerción, es decir, para plantear a través del uso de su propiedad, mediante el intercambio comercial o su cooperación voluntaria con otros, cualquier acción no violenta ni fraudulenta respecto a terceros. Este principio se basa en la existencia de derechos inherentes a la naturaleza humana y en dos condiciones del orden institucional, la división de poderes y el control judicial de la acción gubernamental.

Dichosamente, el régimen Chino se dió cuenta que el Estado por sí mismo no puede alimentar ni hacerse cargo de la prosperidad de todos y llegó a la conclusión y a la convicción de reformar la economía para hacerla evolucionar hacia una economía de mercado abierta y competitiva. Ese ha sido un primer paso importante, el libre comercio, la economía de mercado y la competitividad del país como motores del crecimiento económico. Falta un segundo y definitivo paso, la democracia basada en la consagración constitucional de las libertades y los derechos de las personas, la democracia basada en la pluralidad, la tolerancia, el respeto a las minorías, a la libertad de expresión y de organización, la democracia basada en el reconocimiento y respeto de la propiedad privada, en el estado de derecho, en la separación de poderes y en la limitación del poder mismo.

Sabemos que en un mundo globalizado y con economías cada vez más abiertas y competitivas, el razonamiento de la política no debe ser tan cerrado e intransigente que limite y legitime las relaciones entre las naciones, con base, solamente en la afinidad política, pero, tampoco tenemos que guardarnos ni abandonar el deber de advertir y denunciar el irrespeto de los derechos fundamentales e inherentes a la naturaleza humana, como sucede en la República China, ni mucho menos someternos a su voluntad e imperio cuando tenemos que tomar nuestras propias decisiones, como la de recibir en nuestro país al Dalai Lama o defender el derecho de autodeterminación y la soberanía de Taiwán.

No es tan absurda la relación que nuestro pueblo hace de la decisión que tomó el Presidente Arias en su reciente Gobierno, cuando expresa que pasamos del Puente de la Amistad al Estadio de la Traición, no solo de la amistad y la afinidad con el pueblo de Taiwán sino con nuestros propios principios y valores democráticos. El régimen Chino ha desarrollado una estrategia desde hace varios años orientada a cortar las relaciones que muchos paises tienen con Taiwán. Entonces la pregunta es, cuál es la verdadera intención de la avanzada diplomática y comercial de China y cuáles, los intereses de Costa Rica en el mantenimiento de las relaciones bilaterales? Si son exclusivamente económicos o también estamos decididos a hacer trascender los más altos principios y valores políticos? Seguiremos siendo un país, internacionalmente indigente, dispuesto a todo por la ayuda económica o tendremos el orgullo suficiente de salir por sí mismos de la mediocridad en que la clase política tradicional nos ha metido.

Esperemos que el Estadio Nacional no sea un "cuento chino" en las buenas intenciones de la potencia asiática. Ojalá que esta relación no sea un síntoma más del deterioro institucional y moral que está sufriendo nuestro país.

Lo que sí está claro es que el régimen Chino se convenció que la única forma de sacar a su pueblo de la pobreza es a través de las oportunidades que ofrece la economía de mercado, el libre comercio y la construcción de una infraestructura moderna y competitiva. Falta lo más importante, abrir el país a la democracia, la libertad y los derechos fundamentales de las personas, para que las ventajas del crecimiento económico se traduzcan en beneficios para las personas y en mejor calidad de vida para todos los habitantes. Cuando eso suceda nos convenceremos de que el nuevo Estadio Nacional no es un "cuento chino".

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