La región de Asia- Pacífico y Costa Rica: Una oportunidad única para el desarrollo y la prosperidad.

Por Luis Fernando Ceciliano
Columnista Instituto AMAGI
A la luz de los recientes acontecimientos de política comercial respecto del creciente involucramiento del país en la región del Asia–Pacífico, concretamente expresados en el inminente ingreso de Costa Rica a la Alianza del Pacífico, y aprovechando que se me ha encomendado revisar algunos documentos relacionados con el tema por cuestiones laborales, consideré apropiado escribir algunas reflexiones sobre el particular.
Resulta curioso e interesante ver cómo la integración de la región Asia–Pacífico, en sus inicios, guarda importantes similitudes con el proceso de integración económica centroamericana: la cooperación regional en la zona de Asia–Pacífico nace como consecuencia del impulso integrador del sector empresarial del área. Esto es especialmente visible en el caso de Centroamérica, donde los empresarios son los mayores responsables del estrechamiento de los lazos económicos y comerciales entre las naciones del istmo, a pesar de la existencia de mecanismos formales que lo promueven y cuya operatividad –evidentemente– no aparenta ser la más apropiada.
En el caso específico de Asia–Pacífico, a pesar del amplio abanico de acuerdos bilaterales y multilaterales que existe, la posición de los empresarios y académicos ha primado sobre la de los gobiernos, siendo estos últimos los encargados de generar las condiciones para llevar a la práctica las proposiciones de los primeros. En el caso centroamericano, ha sido lo opuesto, por lo cual la integración parece caminar mejor por la vía extraformal. Esa es la primera y más importante lección que Costa Rica debe tomar si verdaderamente desea aprovechar la extraordinaria oportunidad que la región de Asia–Pacífico, y especialmente el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP) y la Alianza del Pacífico (AP), le están presentando.
Es un hecho irrefutable que las economías parte de toda esta dinámica comercial que la traslación del centro gravitacional de la economía mundial hacia Asia ha generado, son relativamente pequeñas desde el punto de vista individual, la realidad es que conjugan a 500 millones de habitantes, que representan cerca del 7% de la población mundial, así como el 26% del PIB global. El impresionante dinamismo económico que se refleja tasas de crecimiento de casi dos dígitos en algunos casos, es consecuencia de políticas de Estado de largo plazo que se reflejan en las mejores facilidades para establecer negocios y en los más elevados índices de libertad económica. Las burocracias limitadas, las tasas impositivas bajas y la búsqueda incesante de la innovación y el uso de tecnologías de punta han generado condiciones únicas para construir infraestructura y generar educación de calidad entre la población de estas naciones, lo cual ha redundado en flujos extraordinarios de inversión extranjera directa y en una mejora generalizada en las condiciones de vida para toda la población. El caso más dramático es el de Singapur, que en los años sesenta contaba con un producto interno bruto per cápita de apenas 320 dólares y hoy exhibe un coeficiente superior a los 46 000 dólares.
Actualmente, contando apenas con un tratado de libre comercio en vigor con China y otro con Singapur, alrededor de un 13% de las exportaciones costarricenses se dirigen hacia países asiáticos, muy por debajo de Chile (45%) y del Perú (25%), pero por encima de Colombia (9%) y del resto de Centroamérica (5%). Todo esto a pesar de nuestras nada halagüenas calificaciones en cuanto a facilidades para hacer negocios,  libertad económica y competitividad.
Por lo tanto, ya Costa Rica ha avanzado bastante en su apuesta por Asia. El establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China, aunado a la posible apertura de consulados en Shanghai y Hong Kong, las recientes embajadas en Singapur y la India, así como una nueva en Turquía para 2014 testimonian esa determinación. Ciertamente, los ministerios de Relaciones Exteriores y el de Comercio Exterior han realizado una muy buena labor en la operativización del giro hacia Asia que las dos últimas administraciones han promovido. Sin embargo, a lo interno del país subsisten severos problemas que hacen dudar sobre el provecho que se pueda sacar de la labor “hacia fuera” que se ha hecho, materializado ya en el ingreso a la AP en 2014 y en el manifiesto interés por formar del TPP.
En primera instancia, Costa Rica tiene una grave atrofia en el sector público. Hay muchas instituciones estatales –muchas de las cuales ya cumplieron su ciclo de vida– con una burocracia gigantesca cuyo aporte al desarrollo del país es discutible, toda vez que ello redunda en trámites excesivos y duplicidad de funciones, detracción de recursos para educación e infraestructura, y un creciente déficit fiscal que afectan directamente la competitividad de nuestra nación. No se trata de cerrar el gobierno, pero sí de aplicar criterios de eficacia y de pertinencia, de manera que podamos contar con un servicio público mucho más pequeño y mucho más eficiente.
En segundo lugar, existe un proteccionismo inconveniente sobre ciertas actividades y grupos de presión, sobretodo en el sector primario. Arroceros, avicultores, lecheros y todo el sector cooperativo gozan de prebendas escandalosas que afectan el bolsillo la totalidad de los consumidores y que no permiten al país acceder a alimentos y servicios más baratos, lo cual es altamente impactante en los sectores de menor ingreso. Esto va en contra de la apuesta que Costa Rica ha realizado en cuanto a su integración al sistema multilateral de comercio y al libre intercambio de bienes, servicios y capitales.
Como tercer punto, urge una reforma energética integral que permita elevar la cuota de generación hidroeléctrica, solar y eólica por parte de entes privados, así como la exploración y eventual utilización de petróleo, gas natural y vapor volcánico en costas y parques nacionales bajo estrictos criterios de sostenibilidad y mínimo impacto ambiental. Ello no solamente disminuirá el gran impacto que la dependencia del petróleo extranjero causa en las cifras macroeconómicas del país, sino que permitirá a los costarricenses el acceso a electricidad y a combustibles más baratos y limpios.
Finalmente, el tema de infraestructura debe atenderse con prontitud. La normativa atinente a la concesión de obra pública tiene que revisarse y modernizarse, de manera que se terminen los abusos con las revocatorias y las apelaciones, los procesos exageradamente largos y basados en papel, y el inadecuado aseguramiento de las garantías rendidas por parte de los adjudicatarios de los procesos. La legislación panameña al respecto puede servir como punto de partida.
Si la atención a los problemas anteriormente enumerados se sigue postergando, al vagón de la multilateralización del regionalismo abierto que representa Asia–Pacífico lo veremos pasar de lejos, y con ello la mayor oportunidad histórica que Costa Rica ha tenido para convertirse en el próximo Singapur. Resulta imposible para el país pretender correr una maratón si ni siquiera hemos dejado de gatear. Son las empresas y los individuos quienes generan el intercambio comercial: sin un ambiente propicio para hacer negocios en cuanto a facilidad de trámites, disponibilidad de servicios y tecnología de primera; existencia de recurso humano educado y competente; garantía de seguridad jurídica e igualdad de reglas para extranjeros y nacionales; puertos y carreteras de primer orden; entonces Asia–Pacífico –posiblemente la región más próspera del mundo no más de dos décadas– y las posibilidades que ofrece a economías complementarias como la costarricense, será otra amarga decepción de lo que pudo ser y no fue.

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