Liberalismo en Perú

Héctor Ñaupari[1]


En toda su historia, que se inicia al mismo tiempo que el siglo XIX, el liberalismo peruano nunca presentó un programa íntegramente consecuente con su ideario, ni formuló una propuesta política seria y resuelta para implementarlo. Las medidas que elaboraron los liberales fueron, a lo sumo, parciales, coyunturales y, en la mayoría de los casos, impracticables[2]. Lo peor de todo es que tales aisladas medidas siempre fueron dejadas por los liberales peruanos en manos de políticos oportunistas y pragmáticos[3] –y, como lo ha señalado con acierto Jesús Huerta de Soto,


  “el pragmatismo es el vicio más peligroso en el que puede caer un liberal (…) motivando sistemáticamente que por conseguir o mantener el poder se hayan consensuado decisiones políticas que en muchos casos eran esencialmente incoherentes con los que deberían haber sido los objetivos últimos a perseguir desde el punto de vista liberal”[4].


Esto ha tenido en la historia de las ideas efectos devastadores sobre esta corriente de pensamiento[5]. En el Perú, las vergonzantes comparsas de los auténticos defensores de la libertad –quienes se llamaban a sí mismos liberales[6]– fueron quienes en realidad ejecutaron los planes liberales según sus propios cálculos, agendas e intereses, pervirtiendo las ideas que los inspiraron, y, cuando ellos caían, víctimas de sus propios errores y corrupciones, arrastraban consigo al ideario liberal, el mismo que quedaba contaminado por estos estragos. Tales errores han sido y son responsabilidad es exclusiva de los liberales peruanos, desde los liberales de la independencia, los de mediados del siglo XIX, de inicios del XX –con el Partido Liberal, luego aliado del dictador Leguía– y el Movimiento Libertad de Mario Vargas Llosa.
Además de lo señalado, el liberalismo en el Perú ha quedado amputado por los egos insufribles de sus protagonistas, así como debido a las ciegas envidias y los odios sin sentido en que sus propugnadores se han enfrascado, usando en la mayor parte de los casos las ideas de la libertad como coartada de esos apetitos y perversiones –como es el caso de las contiendas entre Hernando De Soto y Mario Vargas Llosa, o entre éste y los llamados “jóvenes turcos”– pretendiendo posar como doctrinarios para ocultar sus propias miserias, o haciendo pasar los éxitos de otros como suyos[7], y dejando a sus adversarios importantes liderazgos en diversos sectores de la sociedad peruana. Eso hizo, por ejemplo, que entregaran la educación, a partir de los años treinta, en manos de los diversos socialismos, a tal punto que hoy los estudiantes peruanos no son tales, sino aprendices de socialistas, y se da la tremenda injusticia que los pobres subsidian la educación de los pudientes, en las universidades públicas.
Tal comportamiento con la causa que los liberales peruanos dicen defender prosigue hasta hoy, y es la razón congénita y principal de su minusvalía política: de esta manera, el liberalismo peruano es la eterna esperanza frustrada de nuestro país.


[1]  Abogado, ensayista y poeta peruano, Presidente del Instituto de Estudios de la Acción Humana y Vicepresidente de la Red Liberal de América Latina. Autor de La nueva senda de la libertad, Libertad para todos, Políticas liberales exitosas 2 y Páginas libertarias, entre otras publicaciones.
[2] Al respecto véase la Historia de la República de Jorge Basadre; Hombres e Ideas en el Perú, de Jorge Guillermo Leguía; Horas de Lucha, de Manuel González Prada; y, El Liberalismo Peruano, de Raúl Ferrero.
[3] Un botón de muestra de ese oportunismo fue Ramón Castilla, gobernante peruano que en el siglo XIX abandonó a su aliado y sucesor José Rufino Echenique y se unió a los liberales de entonces –los hermanos Pedro y José Gálvez, Toribio Pacheco y José Simeón Tejeda, entre otros– para evitar que se le procese por los actos de corrupción originados en la consolidación de la deuda del Estado peruano. Estos liberales peruanos fueron los verdaderos gestores de los decretos de abolición de la esclavitud y del tributo indígena, que luego Castilla utilizaría en beneficio propio: a él se le tiene en la historia como “libertador de los esclavos” en el Perú. Años después Castilla y Echenique, ya amistados, se encargaron de controlar el Congreso de la República, mientras que otro compañero de armas, el general Miguel de San Román, se hizo de la jefatura del Estado. Esto ocasionó el derrumbe del proyecto político de los liberales peruanos de la mitad del siglo XIX.
[4] Huerta de Soto, Jesús. Nuevos estudios de economía política. Unión Editorial, Madrid, España, 2002.
[5] Como señalo Lord Acton, “siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad; por eso, para triunfar, frecuentemente hubieron de aliarse con gentes que perseguían objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han tenido resultados fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores”. The History of Freedom and Other Essays, por John E. E. Dalberg Acton, primer barón de Acton editada por J.N. Faggis y R.V. Laurence, Londres, 1907.
[6] Como se denominaron a sí mismos aquellos a quienes denunciara Mario Vargas Llosa, por su apoyo a la dictadura de Alberto Fujimori, en sus artículos “Regreso a la Barbarie” y “El Pueblo y la Gente Decente” de 1992, y publicados en su libro Desafíos a la Libertad, Editorial Peisa, Lima, 1994.
[7] Como lo describe, otra vez, Mario Vargas Llosa, en las páginas 175 a 177 de El pez en el agua, su libro de memorias. Editorial Seix Barral, Barcelona, 1993; o, como lo hace Federico Jiménez Losantos en su ponencia La libertad intelectual, presentada ante las VI Jornadas Liberales Iberoamericanas de Albarracín, y publicadas en La ilustración liberal, volumen 1, número 1, febrero–marzo 1999, Madrid, España, págs. 3 y siguientes. 
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