NADA nos dejó el Sí y el No al TLC

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Por: Diego Segura Cano
Columnista del Instituto AMAGI


Yo sé lo que deben estar pensando. Que soy un derechoso, sin alma, fascista, neoliberal, y quién sabe cuántas otras cosas sin sentido. Pero ni una ni otra ni las demás. El que venga a titular la columna de esta semana con la consigna de que NADA nos dejó la lucha entre el Sí y el No al TLC es en parte una estrategia, una estrategia macabra del columnista para llamar su atención. Y ya que logré asustar a algunos aldeanos, empiezo de verdad el argumento.

El otro día me encontraba leyendo uno de los libritos rojos de Andrés Oppenheimer, y entre unas cosas que me interesaban y otras que no me vine a topar con la siguiente cita:

A diferencia de muchos países latinoamericanos, que están enfrascados en debates sobre el libre comercio como si éste fuera un fin en sí mismo, los países que más crecen no pierden de vista el punto central: que de poco sirven los tratados de libre comercio si un país no tiene qué exportar, porque no puede competir en calidad, en precio ni en volumen con otros países del mundo.

Pues sí, me dije a mí mismo. Agarré el marcador, subrayé el párrafo y seguí en la lectura. Iba por el primer capítulo y me faltaban varios para alcanzar el que ocupaba leer.

Pero fue hasta la noche cuando lo subrayado cayó demoledoramente sobre mí. Era alrededor de la una de la madrugada, con ganas de dormir me puse a escuchar el ruido del viento cuando pasa entre los árboles y en eso se me vino a la mente: ¿Qué nos dejó la lucha del TLC? ¿Valió la pena tanto esfuerzo? Así nomás se me fueron las ganas de dormir. Al fin y al cabo mi pregunta es totalmente valedera, qué nos dejó esa lucha intestina que se prolongó lo suficiente como para ser recordada como el único punto de la agenda de la administración Arias Sánchez. Adónde llegamos con tanta marcha, tanto debate, tanto panfleto y tanta manipulación. Manipulación de ambos lados, obviamente. Somos hoy mejores porque durante unos años el país se escindió entre quienes apoyaban y quienes negaban el aprobar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, o no lo somos. El país quedó mejor preparado para los embates de la economía mundial, acaso fortalecimos la democracia. No lo sé, todavía nada de esto lo sé. Así que voy a recordar aquellos tiempos de lucha sobre el TLC, tal vez en la retrospección vaya encontrando caminos para estas preguntas.

Según la generación a la que uno pertenezca lo del TLC le puede ser representativo. Yo que entré a la UCR en el 2005 vine a encontrarme con que la U, o más exactamente la Facultad de Ciencias Sociales, era un hervidero político. Todo y absolutamente todo mundo hablaba del TLC, y como era Ciencias Sociales todo mundo estaba en contra. Había conferencias, debates sobre el TLC. Cuando los profesores nos ponían a elaborar ensayos libres el tema que siempre escogíamos era el TLC. Ni sé cómo yo llegué a oponerme al TLC. Claro yo me opuse al libre comercio, no me da pena decir que hoy soy liberal y antes vivía enfrascado en el marxismo estructuralista francés. Como bien escribieron Vargas Llosa, Apuleyo Mendoza y Montaner: Casi todos los latinoamericanos hemos sufrido el marxismo como un sarampión, de modo que lo alarmante no es haber pasado por esas tonterías como seguir repitiéndolas –o, lo que es peor, creyéndolas- sin haberlas confrontado con la realidad. En otras palabras, lo malo no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo. Me opuse al TLC y al fin y al cabo todos los estudiantes nos oponíamos y en la multitud encontrábamos nuestro sustento argumentativo.

Para quienes hayan entrado recientemente a la Universidad las marchas contra el TLC no deben ser más que unos vagos recuerdos de las noticias televisivas. Para mí no. Hubo marchas pequeñas y grandes. Lo admito, en realidad fui a muy pocas porque me daba pereza vestirme zarrapastroso y embadurnarme un pañuelo terrorista en la cara para ir a ver de frente a los policías que ni caso nos hacían. Pero sí fui a la grandes marchas, a las que iban los maestros y las maestras, el sector público abanderado con los sindicatos, grupos de pensionados, amas de casa, colegiales, estudiantes de la UNA, la UCR, el TEC y la UNED, varios indigentes valerosos que se unieron al vernos pasar, anarquistas que agarraron de pizarra las paredes de la Universidad Americana que está en Barrio los Yoses, profesores nuestros, conserjes, administrativos, vagabundos de distintas clases y hasta aparecieron los Veteranos de la Guerra Civil. Esas marchas eran una fiesta. Iban cimarronas, mascaradas, mariachis, músicos improvisados y bandas cantonales y barriales, iba gente disfrazada por montones, se veían miles de banderas de Costa Rica y los famosos corazoncitos del No al TLC que hoy en día se usan en el No al PACquetazo, y que antes trató de utilizar el partido Alianza Patriótica, pero con el corazoncito esos acólitos de Manuelito Mora no lograron más que unos votos por lástima.

A los bloqueos nunca me uní.

No se imaginan la cantidad de panfletos que tenía yo en la casa. Todos los que pertenecían a las Asociaciones de Estudiantes me regalaban panfletos por montón. La verdad y para ser sincero nunca repartí ni uno solo, aunque a mis amigos les decía que había dejado el vecindario forrado. Mi papá los mandó todos al reciclaje.

El movimiento del NO al TLC ha sido una de las experiencias más fascinantes de movilización social que ha habido en este país. Miles y miles de personas por iniciativa propia se organizaron en grupos comunales y estudiantiles, dieron de su trabajo y de su tiempo para luchar contra el TLC. El país estaba concentrado en una sola cosa: TLC. La verdad los que estábamos en contra no sabíamos muy bien en qué consistía el TLC. Sí fuimos a decenas de conferencias y mesas redondas, escuchamos las cátedras de nuestros profesores, pero nunca vi a alguno de nosotros leyendo el documento que iba a la Asamblea Legislativa. Nunca vi a alguien realizar un análisis comparativo serio entre los países que habían aprobado tratados de libre comercio y los que no. Pero aún así hablábamos mucho, manejábamos opiniones extensas, creíamos muchas cosas. Eso fueron para mí los primeros años de universidad: una creencia, forjar amistades alrededor de la creencia en que el libre comercio era malo, y así fue como tuvimos aventuras a lo largo y ancho de San José, caminando por la línea del tren, así fue como cimentamos nuestra pertenencia y nuestra identidad, así fue como vivimos la última etapa de la adolescencia. Luchamos, debatimos, surgieron gran cantidad de amoríos al calor del NO al TLC, se gestaron enemistades y leímos mucho, increíblemente mucho marxismo.

Al final llegó el día del referéndum en que Costa Rica toda saliendo a las urnas iba a decir SÍ o NO al TLC. Ese día se trabajó mucho (yo no la verdad) y los del NO se parapetaron en casas de amigos y vecinos para ir escuchando los resultados. Fue un domingo.

El lunes mi mundo cambió. Mi mundo eran mis amigos, mi facultad y mi Plaza 24 de abril a la cual todavía hoy en día me voy a sentar con nostalgia, pues los que éramos en ese entonces ya no lo somos, nos hemos ido. Vi a muchos llorar desconsoladamente porque habían perdido la batalla de su vida, muchos abandonaron definitivamente la militancia política y otros tantos duraron uno o dos años en volver. Sé que muchos abandonaron la universidad luego por distintas razones, algunos nos graduamos, y otros tantos todavía siguen ahí, repitiendo los mismos cursos.

Grupos políticos trataron de aglutinar luego al movimiento del NO al TLC en un partido. Surgieron nombres como el de Henry Mora, Frente Amplio agarró al rector del TEC y los de Alianza Patriótica reunidos en la casa de Manuelito Mora escogían como candidato presidencial al socialista cuántico Rolando Araya. Ninguno pudo. Volvió a quedar en la presidencia el PLN. Creo que éste fue el golpe final para quienes dejaron varios años de vida luchando contra el libre comercio.

Y ahora, que en varios meses podré decir que pasaron cinco años desde el referéndum, vengo a preguntarme qué nos dejó esa lucha alrededor del TLC. Obvio quienes fueron del NO han de considerar que mi pregunta es malintencionada y necia, que quiero dejarlos en mal. Pero de verdad me pregunto qué nos dejó. A mí me dejó recuerdos nada más, con la mayoría de las personas con las que marché y discutí sobre el TLC ya no hablo. Me cuesta pensar que en realidad la respuesta sea NADA. No es posible que hayamos perdido tanto tiempo en una discusión que nos dejó desarmados para una economía mundial que pide mucho más allá de ideas que ven al libre comercio como el diablo enfundado en túnica de ángel.

Espero de verdad que algo nos haya dejado, sino, que pérdida de tiempo.

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