Pensar es un deber

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Por John Fonseca
Director Ejecutivo de AMAGI

Sea en los noticieros, en la conversación con el vecino o en autobús, somos testigos de muchas personas que esperan un milagro de eso  a lo que llaman “Gobierno”.
Se convierte así el gobierno en “el oráculo” de los tiempos griegos, al que se acude a pedir respuestas por cuantas actividades pueda imaginar la mente humana. Se ha creado en el costarricense un sentimiento de dependencia que trae consigo el endiosamiento, la idolatración (por parte de algunos cegados por la cercanía al poder) de aquellos servidores públicos en puestos destacados de la burocracia estatal, donde quienes ostentan el poder se ven a sí mismos como el camino para obtener la salvación.
Y en ésta caótica adoración burocrática ¿Serán los empleados públicos lo suficientemente capaces como para delegar nuestro poder de decisión en ellos? ¿Acaso no pagamos gustosos nuestros impuestos esperando algo a cambio?
El problema va más allá, el costarricense (en general) lo ve como un problema de eficiencia. No duda de la necesidad del Estado, en todas esas partes de su vida. Se duda únicamente de la eficiencia y eficacia del uso de los recursos, el problema se vuelve coyuntural y deja de ser estructural (como realmente lo es).
Esto conduce a que el problema se vuelva hacia quienes están a cargo de los puestos de mando, sea la presidente, el ministro, el gerente de la institución. Se oye que éste o aquel son corruptos o simplemente no están capacitados para su trabajo, conduciendo a una decepción y apatía generalizada hacia la política por esto se oye el “no pago porque no veo resultados”.
Y después de analizar esta situación deberíamos preguntarnos ¿Pero será el problema únicamente de quien está en el poder? Este incorrecto análisis nos lleva a acudir al partido político, al líder comunal, al sindicalista, a ese “mesías” que trae consigo la solución. Somos expertos en ver el problema en lo obvio, “en la ventana rota” y no en lo que no se ve.
Personalmente creo que el buscar todas y cada una de las soluciones en el Estado, es como menos, un sentimiento de inferioridad, porqué no de pereza mental. Se tienen hijos, y se espera que nos den casa, educación y salud subsidiada (gratis en algunos casos). Se dejo de creer en la capacidad de la innovación, del esfuerzo que remunera a quien se sacrifica.
Existe una lista interminable de pequeñas actitudes que nos anclan mentalmente al Estado.
Es nuestra decisión cambiar esa mentalidad, es nuestra tarea el analizar si de verdad queremos que el estado produzca desde guaro hasta libros. Es nuestra deber el exigir que la ley se cumpla, y pedir que se revise cuando creemos que la existencia de la misma no tiene sentido. Es más que un derecho un deber el de expresarnos libremente, pero más aún es nuestro deber el de razonar. No podemos seguir esperando que otros nos hagan todo.

Si algunos hombres eligen no pensar, y sobreviven imitando y repitiendo, como animales entrenados, la rutina de sonidos y movimientos que aprendieron de otros, nunca hacienda un esfuerzo por entender su propio trabajo, aún es cierto que su sobrevivencia es posible solo por aquellos que decidieron pensar y descubrieron esos movimientos que ellos repiten. La sobrevivencia de estos parásitos mentales depende de la suerte ciega; sus mentes desenfocadas no pueden determinar a quién imitar, que movimientos es más seguro seguir. Esos son los hombres que marchan hacia al abismo, siguiendo a cualquier destructor que les promete asumir la responsabilidad que ellos evaden: la responsabilidad de ser conscientes (Ayn Rand “La Virtud del Egoísmo”)


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