Soy un Liberal

Por Andrés I. Pozuelo A.


Tal vez algunos se pregunten de dónde nace mi necesidad de dejar bien claro que me considero un liberal, y con gran orgullo. Esto se debe a que, en nuestro país, los enemigos de la libertad se confabulan de manera sistemática para arrastrar a la gente a sus trincheras, sea por vía de la manipulación o por medio de un muy hábil camuflaje de colores, llámense socialdemócratas, estatistas solidarios, progresistas o conservadores. Ante dichos esfuerzos, se torna necesario (tal como hacen los practicantes cristianos que renuevan y refuerzan las creencias y la fe en un Dios) que uno, como liberal, esté continuamente anunciando y predicando las virtudes de la filosofía liberal humanista, además de crear un escudo protector alrededor de su persona para repeler las estrategias oscuras de aquellos que atentan contra la libertad individual y el libre pensamiento.


Para mí, ser liberal significa mucho más que enarbolar una ideología política. Implica, ante todo, adherir a una filosofía de vida fundada en la convicción de que los seres humanos poseemos un sentido innato del libre albedrío; y que el hecho de que, en la actualidad, la mayoría de los pueblos se hallan sometidos a estructuras socioeconómicas donde unos hombres roban libertades a otros hombres, se debe a variados accidentes históricos y a la acción de líderes despistados y a menudo inescrupulosos que aprovechan ciertos momentos de vulnerabilidad civil para promulgar leyes arbitrarias, sembrando miedos irreales sobre el libre pensamiento de los individuos. Ser liberal, en efecto, consiste en rendir culto a este afán de pensar libremente acerca de cualquier tema, aunque tal pensamiento nos conduzca a ir en contra del poder establecido por una sociedad esclava del miedo, algo que alimenta día con día mi propio metabolismo liberal.

El ser liberal no significa de ninguna manera ser ilegal. De hecho, un Estado basado en leyes con proclamas generales, que respete las raíces hereditarias y locales de los individuos y permita a estos moldear y, a la vez, amoldarse de una manera natural a las leyes y regulaciones por ellos mismos establecidas, debe ser siempre un ideal de todo liberal responsable. Pero tal Estado de derecho no debe inhibir, en ningún momento, la iniciativa y necesidad de creación del individuo mediante reglamentos y trámites que favorezcan el egocentrismo o enriquecimiento de unos pocos profesionales, grupos económicos o burócratas oportunistas, a costa de los méritos positivos de los agentes productivos de la sociedad. En estos incómodos casos, resulta inevitable y hasta legítimo, por parte de la sociedad civil, apearse del procedimiento establecido por reglamento, siempre y cuando se proceda de acuerdo con las leyes vigentes y la viabilidad ética, técnica y científica de la actividad o proyecto.

El hombre puede muy poco por sí solo. Únicamente en sociedad, al lado de otros, es y puede mucho. Por ello, son necesarias las reglas de convivencia, asentadas en el principio de que la libertad de un ser humano termina donde comienza la libertad de los demás. Pero, por ningún motivo, esta necesidad de auto organización debe nublar el hecho de que la individualidad – en todo hombre – es mucho más importante que la nacionalidad o cualquier otro atributo y ha de ser tomada en cuenta a la hora de promulgar leyes, reglamentos y ordenanzas públicas.

Toda sociedad es el reflejo de sus instituciones, y si estas no evolucionan – así como las necesidades de cada individuo – el resultado obvio será el surgimiento de un individuo esclavizado a un sistema estático y depredador, que terminara por apagar toda su espontaneidad primordial.

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