¡Viva La Pepa!



Por: Luis Fernando Ceciliano
Colaborador del Instituto AMAGI


El pasado lunes 19 de marzo la Constitución de Cádiz celebró el 200 aniversario de su promulgación y, por supuesto, salvo un par de notas en los diarios de circulación nacional, la fecha pasó sin pena ni gloria a pesar de su trascendencia. Ni la señora presidenta ni el señor ministro de educación se refirieron a la conmemoración.

Pero, ¿qué hace a un escrito de hace casi 200 años tan importante? Por un lado, otorgaba derechos y libertades que solamente unos años antes habrían sido inimaginables para una España (e Hispanoamérica) arrodillada ante el despotismo ilustrado; por otro, la figura del sacerdote costarricense Florencio del Castillo destacó por sus intervenciones, calificadas como “brillantes” por sus colegas diputados.

Tras la caída de la monarquía de Fernando VII de Borbón El Deseado y de prácticamente toda España a manos de la formidable maquinaria militar francesa de Napoleón Bonaparte en 1808, figuras prominentes de la política y la aristocracia pre-napoleónica decidieron constituir un consejo de regencia que, en ausencia del soberano, se encargara de las funciones ejecutivas del reino. Asimismo, se le encomendó la convocatoria a los tres estamentos de la sociedad para redactar una nueva constitución: nobleza, Iglesia y pueblo; pero con la particularidad de que, por primera vez en la historia, se tomaría en cuenta a los territorios españoles de ultramar. Después de superar tensiones y escollos, las Cortes Generales y Extraordinarias de la Monarquía Española se establecieron en la isla de San Fernando de León, en Cádiz, en de abril de 1810.

Para el caso de la Provincia de Costa Rica, la noticia fue un verdadero acontecimiento. Tratándose Cartago de la capital, se propuso una terna de candidatos a la diputación en la que resultó elegido, por rifa, el padre Nicolás Carrillo, quien alegaría incapacidad debido a su avanzado estado de edad. Con autorización de Guatemala, se realizó un nuevo concurso entre los que se encontraba el también eclesiástico Florencio del Castillo, originario de Ujarrás de Cartago y distinguido académico de la Universidad de León, en Nicaragua. Don Florencio fue el favorecido y, aceptado el cargo, arribó el 29 de junio de 1811 al Oratorio de San Felipe de Neri, pues la Isla de San Fernando había sido evacuada por el asedio de los franceses.

Dentro de la producción de los diputados a las cortes, destaca sin duda alguna el extraordinario ideario liberal que recogió La Pepa, inspirado en la Revolución Francesa: por primera vez, la soberanía residía en la Nación y no el rey, quien quedaba subyugado a una monarquía constitucional dentro de una estructura de pesos y contrapesos de tres poderes. Asimismo, se establece el sufragio masculino indirecto y se reconocen derechos fundamentales como el de tránsito, de asociación y de propiedad privada. Igualmente, se reconoció la ciudadanía española a todos los habitantes de los territorios de ultramar, sin ningún distingo, y se integró como provincias españolas a todos los territorios americanos.

La oratoria de Florencio del Castillo generó admiración en Cádiz. Sus apasionados discursos en defensa de los derechos de las poblaciones aborígenes americanas quedaron recogidos en las actas de las cortes, las cuales presidió entre el 24 de mayo y el 23 de junio de 1813. Su lucha, finalmente, fue reconocida en la constitución, que abolió expresamente el reparto, el tributo y demás formas de explotación feudal ejercidas odiosamente sobre los indígenas de América. La Pepa, así llamada popularmente por coincidir con el Día de San José, quedó promulgada el 19 de marzo de 1812.

Para 1814, Fernando VII fue restaurado en el poder gracias a la combinación de una amnistía que le concedió Napoleón con una revuelta contra José Bonaparte, monarca de facto en España. El Deseado abolió la constitución, restauró el absolutismo y encarceló a gran parte de los diputados. Por suerte, don Florencio pudo salir de España e instalarse en México, donde fallecería en 1834.

Sin lugar a dudas, Florencio del Castillo es uno de los primeros expositores costarricenses del liberalismo, como defensor a ultranza de la igualdad de todas las personas ante la ley. En esta misma línea, la Constitución de Cádiz constituye, por mucho, la primera carta magna de corte liberal en el mundo y, aunque su existencia fue efímera, ha servido de referente para constituciones democráticas en muchos países. El Pacto de Concordia, la primera constitución de la Costa Rica independiente, reconocía y respetaba la libertad civil y los derechos de propiedad que enunciaba La Pepa; igualmente, los capítulos referentes a la suspensión o pérdida de los derechos ciudadanos, así como la administración de la justicia, se regían por la de Cádiz

¡Viva La Pepa!
Con base en la conferencia magistral dictada por el Dr. Jorge Saénz Carbonell, director del Instituto del Servicio Exterior Manuel María de Peralta, el lunes 19 de marzo de 2012 del con motivo del bicentenario de la promulgación de la Constitución de Cádiz y del inicio de la vida constitucional costarricense

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